Hay días de viaje que se quedan grabados de otra manera. No por lo que ves, sino por lo que sientes mientras lo ves. El día 3 en Botswana fue uno de esos.
Antes de contaros lo que vivimos, dejadme que os plante unos números que a mí, la verdad, se me quedaron clavados. Hoy quedan en el mundo unos 27.000 rinocerontes, repartidos entre cuatro continentes. En Botswana, apenas 400. Y la mayoría de ellos viven escondidos en los rincones más remotos del Delta del Okavango.
La caza furtiva y la pérdida de su hábitat han hecho el resto: décadas de un descenso que estremece. Y por eso, cuando un lugar decide plantarle cara a esa cifra y darle la vuelta, merece que le paremos a escuchar.
Ese lugar existe. Se llama Khama Rhino Sanctuary, y es un refugio. Un remanso de paz donde esta especie, por fin, puede vivir tranquila. Y reproducirse.

¿QUÉ ES KHAMA RHINO SANCTUARY TRUST?
Nació en 1989, como un gran proyecto comunitario de vida salvaje. Y digo comunitario porque lo es de verdad: fueron los propios residentes de Serowe, junto con el apoyo del expresidente de la república, quienes crearon esta reserva de unas 8.585 hectáreas para devolverle un hogar seguro a una especie que en la zona estaba prácticamente extinta.
Hoy es mucho más que un santuario para rinocerontes blancos y negros. Es también un centro de divulgación medioambiental y hogar de otras 30 especies de mamíferos —cebras, hienas, guepardos, impalas— y 230 especies de aves. Un jardín del Edén, sin exagerar.
Los primeros cuatro rinocerontes blancos llegaron en 1992. El primer rinoceronte negro, en 2002. Y a día de hoy, en la reserva viven 73 rinocerontes blancos que crecen y se reproducen bajo la vigilancia diaria de los guardabosques y las fuerzas de seguridad de Botswana, que patrullan el santuario sin descanso. Gracias a ese trabajo silencioso, muchos de estos ejemplares han podido después repoblar otras zonas del país.
Un proyecto precioso, gestionado por la propia comunidad local, y abierto a cualquiera que quiera sumarse a esta causa.
¿CÓMO LLEGAR?
La reserva está al este del país, a 177 km del paso fronterizo con Sudáfrica de Martin’s Drift, y a solo 30 km de Serowe.
Lo más cómodo es ir en coche propio, aunque si no dispones de uno, desde Serowe es fácil encontrar transporte privado que te acerque. La carretera de acceso está asfaltada y en buen estado, pero una vez dentro del santuario, con los caminos de arena, un 4×4 se vuelve casi imprescindible.

ALOJAMIENTO Y ACTIVIDADES
Dentro de la reserva hay opciones para todos los gustos: una zona de camping (sin vallar, que ya es una experiencia en sí misma), chalets sencillos para varias personas, e incluso habitaciones compartidas. Hay también un restaurante, una pequeña tienda con lo básico, y una piscina para refrescarte después de un día de polvo y sol.
Eso sí, las reservas hay que hacerlas con bastante antelación, a través de su web www.khamarhinosanctuary.org.bw o escribiendo a krst@khamarhinosanctuary.org.bw.
En cuanto a actividades, hay para todos los gustos:
Safari por libre, con tu propio coche. En la entrada te dan un mapa de la zona y, a partir de ahí, el santuario es tuyo. Poder conducir dentro de un parque natural en Botswana y sentirte una auténtica exploradora, cara a cara con algunas de las especies más alucinantes del planeta, sin prisas y a tu ritmo, no tiene precio.
Safari guiado por un guardabosques, de unas 2 horas, si prefieres relajarte y dejar que sea alguien con experiencia quien te acerque a la fauna.
Safari en sus propios 4×4, al amanecer, también de 2 horas. Los guardabosques —que son quienes mejor conocen cada rincón del parque— te llevan en vehículos abiertos y adaptados para tener mejor visión, resolviendo todas tus dudas por el camino.
Y luego está el seguimiento de rinocerontes a pie. Esta, sin ninguna duda, fue una pasada. Empieza al amanecer, cuando un guía experimentado te recoge en un 4×4 antes incluso de que salga el sol. En cuanto encuentra las primeras huellas o excrementos recientes, se abandona el coche y se sigue avanzando entre la maleza, a pie, en busca del animal.
NUESTRA BITÁCORA: A PIE, ENTRE LA MALEZA
Nuestra experiencia en este lugar salvaje fue excepcional. Como ya os conté en la entrada anterior, nos sentimos acogidos desde el primer momento, y la experiencia con nuestro guía —simpático y tremendamente profesional— no hizo más que confirmar que llegar hasta allí había sido una buena elección.
Siempre que reservo actividades con animales de por medio soy muy cauta y desconfiada cuando no tengo referencias, no vaya a ser que detrás haya un poco de circo y, en el peor de los casos, explotación animal. Pero sinceramente, aquí no me lo pareció en ningún momento.
Todo empezó de madrugada, todavía con la noche cerrada y una temperatura lo bastante baja como para no quitarnos el plumas. Pero no fue hasta que amaneció, y el guía vio las primeras huellas, cuando bajamos del jeep. ¡Y menudas huellas! La verdad es que te sientas pequeñita a su lado.



Estuvimos rato y rato siguiendo el rastro entre la maleza, con mucha cautela. Nuestro guía nos explicó lo importante que era guardar silencio y, algo aún más importante, estar muy atentos para mantener las distancias, porque según la dirección del viento, ellos podían olernos antes de que nosotros los viéramos. Y así fue con nuestro primer rino: lo vimos bastante lejos, y él, cauto, se movió para quedarse tranquilo.
Verlo a lo lejos y seguir nuestro rumbo fue una bonita demostración del tipo de interacción que ofrece este santuario con estos grandes animales, y eso, me encantó. Justo en ese momento supe que la historia iba a ir bien, y que me marcharía de allí con la conciencia muy tranquila por haber hecho mi pequeña aportación a un centro realmente ético.
Qué emocionante es buscar animales en libertad, aunque no voy a negar que el nudo en el estómago mientras apartas ramas y caminas con sigilo por la sabana no te lo quita nadie. Porque, oye, por mucho que Instagram nos haya acercado a lugares salvajes, no es lo mismo ver la escena a través de una pantalla que vivirla. Y de verdad que fue tremendamente inolvidable, sobre todo cuando tu propia cabeza te recuerda, de vez en cuando: ¿sabes que aquí, además de rinos, viven guepardos e hienas, y que estás paseando por su jardín? Un flipe.



Estuvimos un par de horas buscándolos entre las acacias y las zonas boscosas, viendo en varias ocasiones sus grandes pisadas marcadas en la arena, hasta que la espesura se abrió y por fin pudimos ver un pequeño grupo a lo lejos. Menudo momentazo, y menuda vista! Incluso llegamos a ver a uno echar a correr unos pasos. Esa fue la estampa que nunca olvidaré: la naturaleza y sus regalos.



Y ahí, mirándolos, no pude evitar pensar en lo poco que a veces entiendo al ser humano. Cómo alguien puede mirar a un animal tan hermoso, tan majestuoso, y ver en él solamente un trofeo o un negocio. Cuesta entender tanta crueldad frente a tanta belleza.
Estuvimos un buen rato admirando la escena y haciendo fotos, y cuando nos vimos preparados, deshicimos nuestros pasos hacia el jeep con una sonrisa enorme en la cara y unos recuerdos imborrables. Así que, muy muy agradecidos, recogimos nuestras mochilas de la cabaña y nos despedimos de nuestro guía y del santuario para continuar con la ruta. ¿A ver qué nos deparan los siguientes días?
Seguimos? Segimos!
