Hay vuelos que son solo un traslado, y hay vuelos que son el primer suspiro de una aventura. El nuestro, con escala en Londres, fue de los segundos. Cuando las ruedas tocaron la pista de Johannesburgo pasadas las nueve de la mañana, algo se activó dentro de mí: por fin estábamos aquí, con tres semanas y cinco mil kilómetros de tierra africana esperándonos por delante.

Aterrizar sin complicaciones
Una de las cosas que más tranquilidad nos dio antes de este viaje fue comprobar que, al menos en esta primera parte, los trámites no iban a suponer un dolor de cabeza. Como españoles, no necesitamos visado para estancias inferiores a 90 días, y tampoco existe ninguna vacuna obligatoria, salvo que se llegue desde un país con fiebre amarilla, que no era nuestro caso, eso no significa que no recomienden alguna, pero mejor que te informen siempre en un centro de salud de medicina tropical, los cuales si que nos recomendaron tomar Malarone desde los días previos a la llegada al área del Chobe y Kasane.
Así que, tras el vuelo, el paso por el control de fronteras de Johannesburgo fue rápido y sin sobresaltos, todo un alivio cuando lo que de verdad tienes ganas es de subirte al coche y empezar a rodar.
Otra de las dudas que resolvimos antes de salir de casa fue la del dron. Llevábamos con nosotros un DJI Mini 2, con la ilusión de captar alguna de esas panorámicas que solo se consiguen desde el aire, y nos alegró descubrir que, salvo dentro de parques naturales, se puede volar sin demasiadas restricciones, apelando sobre todo al sentido común.
El coche, la pieza clave del puzle
Si alguna vez habéis intentado organizar un viaje por libre en 4×4 por el sur de África, sabréis que elegir el coche adecuado es casi una odisea en sí misma. Le voy a dedicar una entrada entera a este tema, porque se lo merece, pero os adelanto lo esencial: un 4×4 equipado con tienda de techo y todo el kit de acampada, para tantos días, tiene un precio que asusta. Así que, tras leer mil experiencias de otros viajeros, nos decantamos por un Suzuki Jimny con tienda de suelo, pensado para combinar noches de hotel con alguna noche de camping.
Reservamos con Tread Lite, y fue de esas decisiones que al final del viaje celebramos. Nos trajeron el coche hasta el mismo aeropuerto y, a la vuelta, vinieron a recogerlo allí también. Así que nos ahorramos desplazamientos innecesarios a oficinas, algo que otras agencias sí exigen. Todo fueron facilidades, el precio fue justo, y el equipo nos acompañó incluso hasta las oficinas de Vodafone del aeropuerto para conseguir una tarjeta SIM local. Porque aunque íbamos a pasar pocos días en Sudáfrica, tener cobertura por un precio tan bajo era una tranquilidad que no íbamos a dejar pasar: nunca se sabe cuándo hará falta avisar de un imprevisto en carretera o confirmar un alojamiento antes de cruzar a Botswana o a la vuelta.


Primeras compras, primeras miradas
Con el coche revisado y ya entendiendo cómo funcionaba cada rincón de él, nuestra primera parada fue en el centro comercial de Irene Village Mall, que nos recomendó el chico de Tread Lite para no desviarnos apenas de la ruta trazada hacia el primer alojamiento.

Un centro comercial con parking vigilado, tiendas, supermercado, restaurantes… donde la primera impresión, para qué engañaros, fue de lo más terrenal: se parece bastante a cualquier centro comercial español. Aunque hay algo especial en pasear por los pasillos de un supermercado en otro continente, en fijarte en los productos que nunca has visto, y en imaginar qué sabor tendrá eso que nunca has probado. Llenamos el carrito con lo básico para los próximos días: agua, fruta, algo para cenar y para desayunar, y de vuelta a la carretera, donde empezamos a ver hombres vendiendo fardos de leña y aprovechamos para cocinar nuestra primera cena Sudafricana.



Cuatro horas hacia el primer lodge
Condujimos casi cuatro horas hasta Thukudiba Game Lodge, por una carretera en muy buen estado pero salpicada de señales que advertían sobre la posible presencia de vida salvaje, un recordatorio constante de que ya no estábamos en cualquier lugar. Gran parte del trayecto discurre entre vallados, pero aun así, esas señales tienen algo que te pone los sentidos en alerta y la piel de gallina a partes iguales.
A la falta de descanso del vuelo se sumaba otro pequeño reto: acostumbrarnos a conducir por la izquierda. Reconozco que, al principio, cuesta, cada rotonda es un pequeño examen y cada cruce te obliga a pensar antes de actuar. Pero también tiene su lado bueno: te mantiene los cinco sentidos pegados a la carretera hasta que el gesto se vuelve, poco a poco, algo natural.
Nuestro alojamiento estaba a apenas unos kilómetros de la frontera Martin’s Drift, y llegamos ya con la noche bien entrada. Algo que, como aprenderíamos pronto, no es nada recomendable ya que a las 18:30 ya es noche cerrada, almenos en agosto, y conducir a esas horas significa compartir carretera con animales que cruzan sin avisar y una visibilidad que juega en tu contra. Fue una pequeña lección que nos queó grabada para el resto del viaje: en África, el reloj manda, y hay que aprender a planear las rutas pensando siempre en las horas de luz.


Un fuego, una advertencia y la primera noche africana
Cuando por fin llegamos, Thukudiba nos recibió como esos lugares que se sienten acogedores desde el primer segundo: un caminó arenoso, luces tenues, un complejo circular donde un edificio central alberga una gran cocina abierta y compartida, llena de encimeras, neveras y utensilios para quien quiera cocinar su propia cena, un jardín fresco con piscina, cuidado con mimo y una gran zona donde encender el fuego, pensada para sentarse a cenar y charlar sobre cómo ha ido el día. Y varias habitaciones nuevas, ámplias y bien decoradas completaban el lugar, cada una con un techo precioso, de algo parecido a la paja, que resultó tener inquilinas propias: varias familias de arañas de palmo y medio instaladas en las alturas.






No era ninguna sorpresa, la verdad. Antes de llegar, ya nos habían avisado por Booking, con un mensaje tan cercano como inquietante, de que viajar por Sudáfrica va de la mano de bichos y animales que pueden dar algo de respeto, y que no sería raro encontrar arañas o escorpiones en la habitación. Un mensaje de bienvenida de lo más “esperanzador” para quien está a punto de pisar por primera vez el país.
Aun así, tras asegurar el perímetro, comprobar que nuestras nuevas compañeras de techo apenas se movían y colocar bien la mosquitera sobre la cama, nos permitimos pegarnos una buena ducha y relajarnos. Cenamos tranquilamente junto a otra familia alojada allí, todos alrededor de ese fuego hipnótico del jardín que invita a bajar el ritmo y a compartir batallitas del día con desconocidos que, por una noche, dejan de serlo.
Y así, cansado y felices, cerramos nuestro primer día en África, deseando que empezara de una vez esta aventura.
Seguimos!
