Hay lugares donde algo se enciende de verdad dentro de mí: paisajes donde puedes ver la línea del horizonte pero nunca alcanzarla. Lo sentí en el desierto de Chegaga, al sur de Marruecos, y lo confirmé en el lago Natrón, en las entrañas de Tanzania.
Hay quien es feliz entre selvas frondosas, y yo soy feliz en los paisajes más infinitos e inhóspitos.

Kubu Island es, precisamente, uno de esos lugares que parece sacado de otro planeta. Se trata de un afloramiento de granito de más de dos mil millones de años, de apenas un kilómetro de largo, que emerge como una isla fantasma en mitad de Sua Pan, uno de los salares que forman el gigantesco Makgadikgadi, el mayor de todo el planeta. Su nombre significa “hipopótamo” en tswana o “gran roca” en kalanga, y no es casualidad: hace miles de años, cuando toda esta zona era un inmenso lago prehistórico, esta roca asomaba sobre el agua como el lomo de un hipopótamo.
Hoy, en sus laderas, todavía se pueden encontrar playas fósiles de guijarros redondeados que atestiguan aquel pasado acuático, junto con herramientas de la Edad de Piedra y restos de muros de piedra que los arqueólogos vinculan a la dinastía del Gran Zimbabue, entre los siglos XV y XVII. Y coronando todo ese silencio mineral, decenas de baobabs centenarios —algunos con más de dos mil años— retorcidos hacia el cielo como si llevaran una eternidad intentando escapar de la tierra.

Pero llegar hasta el conjunto de salares más grande del planeta no es tarea fácil. Como sobre el mapa nada parece imposible, allá nos lanzamos, sin un GPS decente y con un coche de juguete.

Desde Khama Rhino Sanctuary hay que conducir por carretera hasta Mmatshumo, y aunque Google Maps te prometa dos horitas, olvídalo: en cuanto sales de Europa, todo son mentiras. Además, siempre hay un motivo para parar —comprar algo, mirar no sé qué, hacer las obligatorias decenas de fotos y vídeos—. Con deciros que salimos justo después del trekking para ver a los rinocerontes y llegamos a Mmatshumo a la hora de comer, ya está todo dicho.
Pero es allí, a partir de ese pequeño poblado, cuando la historia se vuelve interesante, tensa y abrumadora, y cuando te das cuenta de que a veces es una suerte ser tan inconsciente, porque de lo contrario nunca lo habríamos hecho. Y sumarle sin discusión ninguna otras 3 horas al volante tranquilamente.



Al adentrarnos en los caminos de arena, la naturaleza salvaje empezó a cobrar vida. Y no me refiero a animales exóticos, sino a esos paisajes donde el clima ha hecho lo que ha querido, moldeando la escena a su antojo: enormes praderas verdes, superficies áridas y blancas que contrastan con el azul más intenso del cielo, árboles altos y desnudos, y algunas rodadas de 4×4 que te hacen dudar en cada bifurcación. Fue en ese tramo cuando entendimos de verdad a qué habíamos venido a jugar. Y yo, que no me escondo de nada, os confieso que estaba emocionada y asustada a partes iguales.
Llevábamos descargados los mapas de Google y el track de Wikiloc, pero ambas brújulas se volvían locas, girando sobre sí mismas cada vez que avanzábamos cien metros. Y eso, para mí, se traduce directamente en ansiedad, porque el depósito del Jimny es diminuto, y aunque llevábamos una garrafa con veinte litros extra, si nos poníamos a dar vueltas por el salar sin encontrar la entrada al parque, podíamos quedarnos tirados en el lugar más remoto que os podáis imaginar. A mi compañero le pareció que estaba siendo un poco dramática, pero lo cierto es que no me sentí tranquila hasta que nos cruzamos con otro 4×4 que iba en la misma dirección: un grupo de botsuanos que se dirigían al salar a pasar unos días de camping. Y como si todo esto fuera poco, el coche empezó a hacer un ruido raro, un ruidito que se tradujo enseguida en “hemos perdido uno de los tornillos que sujeta la suspensión trasera”. Lo que nos faltaba!



Para pasar la noche en Kubu Island hay que reservar y pagar la estancia con antelación, algo que hicimos a través de la web del parque. Y así lo confirmaron también en la entrada del parque, donde nos detuvimos y, con la ayuda de otros dos viajeros, Ivan revisó el diagnóstico del coche y desmontó el amortiguador para evitar perderlo del todo, hasta encontrar en algún sitio el tornillo que nos faltaba y poder montarlo de nuevo. Ese incidente no hizo más que sumar tensión a los solitarios caminos de arena que aún nos quedaban por delante.


A partir de la entrada del parque, llegar hasta la zona de acampada fue sencillo. Una enorme isla de roca en medio de la blanca inmensidad de Sua Pan, salpicada de baobabs centenarios retorciéndose en formas abstractas: menuda locura de sitio. Y si a eso le sumamos el momento bola de fuego del atardecer, ya puedo morirme tranquila. Cada uno elige el rincón que más le gusta para plantar la tienda y encender el fuego, pero lo cierto es que este lugar es impresionante se mire por donde se mire.





Aquí se puede dormir tranquilo directamente en el suelo, ya que sería extraño —aunque no imposible— que algún animal salvaje se adentrara en una zona tan árida en plena estación seca.
Y aunque nuestra cena consistió en un par de sopas de sobre y un trozo de carne con verduras un poco carbonizadas, el regalo que nos hizo el cielo esa noche convirtió ese rincón del mundo en uno de los mejores restaurantes con estrella Michelin que he “visitado” nunca.


Así que, después de la sesión fotográfica al cielo y un rato de charla a la luz de una hoguera desmedida, nos dormimos a pierna suelta, después de un día intenso de aventuras, incidentes, sorpresas y emociones.
Mañana mas! Seguimos!
