Preparar viajes siempre me ha encantado. Y una buena parte de ese trabajo consiste en mirar con lupa el mapa buscando esos rinconcitos mágicos que casi nadie marca en rojo. Pero con Elephant Sands nos pasamos el juego. Con creces.

Un sueño construido a mano
Antes de contaros cómo llegar y qué hacer allí, merece la pena pararse un momento en el origen de este lugar, porque no es un resort más nacido de un plan de negocio.
Elephant Sands nació a principios de los 2000, cuando Ben Moller y su esposa Marie decidieron construir, en un terreno que él ya poseía desde hacía años, un pequeño lodge alejado del materialismo, en mitad de un monte todavía virgen. Empezaron con cuatro chalets y un camping, levantados a mano, y con los años el lugar se fue transformando en lo que es hoy: un refugio de agua para los elefantes de la zona en plena temporada seca. El lodge sigue siendo un negocio familiar, y hoy son ya la hija de Ben y su yerno quienes llevan buena parte del día a día.

Lo que empezó como un capricho de jubilación acabó convirtiéndose en algo con un peso conservacionista real: la propiedad forma parte de una reserva privada sin vallas de miles de hectáreas, y el propio lodge se ha implicado en mantener el acceso al agua para los elefantes en los meses más duros de sequía, cuando las fuentes naturales escasean. Ese es, probablemente, el motivo por el que la charca frente al bar se ha convertido en un punto de encuentro tan fiel para las manadas: aquí siempre hay agua, y los elefantes, con esa memoria prodigiosa que tienen, vuelven una y otra vez.

¿Dónde está y cómo llegar?
Cerca de la carretera que une Nata con Kassane se encuentra este imperdible rincón. La mejor forma de llegar siempre va a ser en coche, además tanto la carretera como los caminos están en perfecto estado.

Cómo disfrutar Elephant Sands
Hay varias formas de disfrutar de este lugar, según el tipo de viaje que llevéis:
- Quedarte a dormir en la zona de acampada, que dispone de duchas y baños comunitarios muy limpios y cuidados, y barbacoas de obra para cocinar al aire libre.
- Alojarte en alguno de sus bungalows, con todas las comodidades para quien prefiera un poco más de confort.
- Venir solo de paso, a tomar algo fresco, darte un chapuzón en la piscina o comer o cenar una hamburguesa en el restaurante. Si optáis por esta última, os recomiendo llegar a partir del mediodía, que es cuando el calor empuja a los elefantes a buscar agua.
No me gusta hablar de precios porque se desactualizan rápido, pero sí puedo deciros que la diferencia entre el precio de los bungalows y el del camping era abismal. Aun así, para quien le va la aventura, acampar en un sitio así es una auténtica locura (en el buen sentido): ves el ir y venir de los paquidermos, sus juergas y sus batallitas, en directo y a pocos metros de tu tienda. Tremendo.





¿Lo único a tener en cuenta? El calor. Yo fui en agosto, y claro, no es lo mismo pasar las horas centrales del día en un lugar fresco con aire acondicionado que a la sombra de una lona. Pero todo se perdona con un chapuzón en la pequeña piscina, aunque el agua esté helada.
Más allá de la charca: qué más se puede hacer
Nosotros pasamos solo un día en Elephant Sands y nos quedamos con las vistas desde la terraza, que ya de por sí dan para una tarde entera de asombro. Pero el lodge ofrece bastante más para quien se quede más tiempo: game drives guiados por la reserva privada para buscar elefantes y otra fauna en su hábitat, bush walks a pie con guías locales para descubrir el monte de cerca, veladas de bush braai (barbacoa tradicional bajo las estrellas), salidas a caballo, y sundowners y noches acampadas en las salinas de Makgadikgadi, muy cerca de allí. Un buen puñado de opciones para quienes quieran algo más que la charca, aunque, honestamente, la charca sola ya justifica el viaje.
Cómo reservar
Nosotros reservamos a través de su página web. Aunque la zona de acampada rara vez se llena, ellos prefieren que reserves por allí. Como recomendación, si la idea es pasar la noche, os diría que lleguéis pronto para poder escoger una parcela cercana al paso de los elefantes; de lo contrario puede pasar que varios coches y caravanas se coloquen delante y os tapen las vistas.
Un rincón que se queda contigo
Sin ninguna duda, esta fue una de las experiencias más memorables del viaje, aunque es difícil decirlo habiendo vivido tanta aventura. Pero Elephant Sands desprende una paz especial, una calma que imagino que contagian los propios elefantes: esa manera suya de moverse sin prisa, de cuidarse entre ellos, de volver siempre al mismo lugar buscando lo esencial.




Cierro los ojos y todavía puedo verlos llegar entre la luz dorada del medio día, levantando polvo con cada paso, y clavando por unos instantes su mirada en nuestra mirada, avanzando, sin pedir permiso, mientras el cielo de Botswana se va tiñendo de naranja sobre la charca. Hay lugares que se visitan, y hay lugares que se sienten. Elephant Sands fue de los segundos.
Seguimos?
