Hoy tocaba frontera. Y aunque suene a trámite aburrido, la verdad es que cruzar una frontera terrestre en 4×4, rumbo a lo desconocido, tiene su propia magia. Amanecimos y nos despedimos del bonito lodge Tshukudiba Game y pusimos rumbo hacia el paso fronterizo de Martin’s Drift, a apenas unos kilómetros de allí mismo.
EL CRUCE
Esta frontera es sencilla. Con el pasaporte en vigor es más que suficiente, ya que, de nuevo, los ciudadanos españoles disponemos de 90 días exentos de visado. El único inconveniente lo tuvimos con el coche: el oficial de la frontera nos pidió un documento original para poder pasar, y no lo teníamos. Pero fue tan sencillo como llamar a Tread Lite —la agencia de alquiler del coche— para que hablaran ellos dos entre sí y se entendieran. ¡Y listos, ya podíamos pasar!
En ese momento ya tenía más que amortizada la SIM que compramos en el aeropuerto, esa que quizá en otras circunstancias no habríamos comprado, porque íbamos a estar poco tiempo en el país…
Así que, una vez cruzamos el puesto fronterizo de Sudáfrica, solo nos quedaba sonreír un poco a los oficiales de Botswana, a ver si tenían algo de clemencia con lo que llevábamos en la nevera. Y así fue. Y digo lo de la nevera porque no está permitido cruzar ciertos alimentos, como carne cruda o huevos, y de estos últimos llevábamos alguno. Nos los dejaron pasar a cambio de unas chocolatinas. Un win-win en toda regla.
Y así, con las nuevas anécdotas a cuestas, y las ruedas de nuestro pequeño Jimny en remojo en algún líquido desinfectante —para no traer nuevos huéspedes sin permiso al país—, nos daba la bienvenida Botswana. Y nosotros, a él, un nuevo sello en el pasaporte.




RUMBO A KHAMA, CON PARADA TÉCNICA
Ahora tocaba poner rumbo hacia Khama Rhino Sanctuary, donde, si todo iba como lo había soñado, podríamos ver rinocerontes en libertad. Pero antes había que hacer alguna parada, y esta la hicimos en un modesto centro comercial, para comprar la nueva SIM del país, algo de comer y cambiar algo de dinero a la nueva moneda, la pula (BWP). 1€ son aproximadamente unas 15 pulas.
Algo muy típico allí es que en los grandes supermercados hay una zona de comida ya cocinada, con una gran variedad de ensaladas, verduras y carnes. Súper cómodo, y algo que usaríamos en varias ocasiones más adelante. Aprovechamos también para comprar la cena y algunos snacks.


Y así, casi sin darnos cuenta, se nos fue el día entre trámites y logística, hasta que por fin llegamos al santuario donde pasaríamos la noche. Nos recibieron con los brazos abiertos, justo antes de la puesta de sol. El personal nos facilitó unos mapas de la reserva y nos explicó con mucho detalle en qué consistían las actividades que ofrecían, incluso el grado de esfuerzo de cada una.
Nuestra cabaña era una habitación modesta, con baño y zona de barbacoa, y sin vallar —así que los animales podían campar a sus anchas por allí mismo. Nos dio tiempo a dar una vuelta en coche antes de que oscureciera, previa bajada de presión de los neumáticos ya que aquí los caminos son de arena blanda, y pudimos ver nuestros primeros grupos de cebras, gacelas e impalas. ¡Qué bonito!




LA PRIMERA NOCHE BAJO LAS ESTRELLAS
Y qué mágicas son las puestas de sol en África, con esa enorme bola de fuego retrocediendo en el horizonte y bañándolo todo de un naranja tan intenso. Y qué mágica también nuestra primera cena bajo las estrellas, con la luz hipnotizante del fuego cociendo un par de trozos de carne y sus verduras, mientras nosotros nos preguntábamos si, no muy lejos de allí, andarían ya grandes animales salvajes.




Y así, cansados, contentos y emocionados a partes iguales, le decimos adiós a un día nuevo y lleno de experiencias, nerviosos por lo que se vendría al día siguiente.
Nos vamos a buscar rinocerontes, con un guía, haciendo una ruta a pie.
Buenas noches. Seguimos!
