Viajar es una trampa para tu creatividad, tu ego, tus prejuicios, tu paladar, para tus habilidades, tu niño interior…
Me llamo Mia y, aunque ahora viajar forma parte de quien soy, no siempre fue así.
Y es que culpa la tiene mi madre.
Cuando tenía 21 años, ella, que ya viajaba por Europa y volvía contando maravillas de cada lugar, decidió regalarme un billete de avión a París para que viajara con quien entonces era mi futuro marido.
Podría habérselo ofrecido a cualquiera de mis hermanos, pero me lo ofreció a mí, sabiendo que de los tres, era la más inquieta y curiosa.
Volví enamorada de la ciudad de la luz.

Pero, sobre todo, volví enamorada de algo mucho más grande: la idea de viajar.
Hasta entonces había crecido pensando que mi manera de vivir era, simplemente, la manera de vivir de todos. Con inviernos en la grande y asfaltada Barcelona y pasando todas las vacaciones en el mismo y maravilloso pueblo de la Costa Brava. Pero Cuando empiezas a conocer otros lugares descubres algo bastante evidente que, sin salir de tu mundo, es muy difícil de ver: hay muchas formas de vivir, de pensar, de comer, de relacionarse y de entender lo qué es la vida.
Algunas te gustarán más que otras. Algunas te sorprenderán. Algunas no las entenderás.
Pero todas te obligan a mirar un poco más allá de lo que dabas por hecho.
Y eso es, probablemente, lo que más me ha dado viajar.

No suelo viajo de una sola manera,
Me gusta conocer lugares muy distintos entre sí. Algunos son conocidos y otros no tanto. Puedo disfrutar de una ciudad, perderme por un mercado, hacer una ruta por la montaña, meterme bajo el agua o pasar horas intentando entender cómo vive la gente en un lugar que no se parece en nada al mío.
Viajo sola y acompañada, pero siempre con una mochila y una libreta.
Y no lo voy a maquillar, me miro bastante el dinero.
Pero no entiendo el presupuesto como una razón para dejar de viajar, sino como algo a lo que adaptarme.
Puedo viajar a Noruega y gastar una pequeña fortuna en una actividad que realmente quiero hacer, para después comer del supermercado y dormir en las afueras.
O puedo pasar dos semanas viajando de mochilera por Senegal, utilizando transporte público y duchándome con agua fría, porque prefiero adaptar la manera de viajar antes que renunciar al viaje.
Eso sí: si puedo darme algún capricho, tampoco voy a hacerme la interesante, eh!


Y hay algo que intento no negociar nunca: conocer el lugar de cerca.
Probar su comida, hablar con su gente aunque mi dominio de los idiomas no siempre acompañe, observar cómo viven y salir, siempre que puedo, de la burbuja del turista.
También viajo con miedo. No soy esa persona que nunca tiene miedo.
He tenido miedo viajando. He tenido que cambiar planes, enfrentarme a situaciones que me superaban y reconocer que algunas cosas no eran para mí.
Y también he vuelto a hacer otras que un día pensé que no podría hacer.
Porque viajar no me ha convertido en una persona sin miedo. Me ha enseñado que, a veces, puedo avanzar a pesar de él.
Y no pasa nada.

No pretendo viajar perfecto
Me interesa viajar de una manera lo más responsable posible con los lugares, los animales y las personas que los habitan.
Eso no significa que siempre lo haga perfecto. Estoy aprendiendo.
Intento que mi paso por un lugar tenga el menor impacto posible y, cuando puedo, que tenga incluso un impacto positivo. Me importa especialmente la forma en la que nos relacionamos con los animales y con las comunidades locales.
Pero tampoco quiero convertir este blog en un manual de cómo viajar correctamente.
Porque yo también me equivoco. Y precisamente por eso quiero contarlo.

Y luego está mi casa. Viajar me encanta, pero también me encanta volver.
Catalunya es mi casa y tengo una relación especialmente especial con su costa y sus montañas. La Costa Brava es uno de esos lugares que puedo visitar una y otra vez sin sentir que necesito estar siempre buscando algo nuevo.
También tengo una pequeña compañera de viajes de cuatro patas, Tramuntana, que forma parte de muchas de mis escapadas y de mi vida mucho más allá de los viajes.
Y está la furgo.
No es una autocaravana de revista ni falta que me hace. Es mi pequeña manera de escaparme, improvisar y recordar que a veces no hace falta irse muy lejos para sentir que estás de viaje.


¿Qué encontrarás aquí?
Encontrarás viajes reales.
Lugares increíbles y otros que quizá no me hayan parecido tanto.
Cosas que han salido bien y otras que han salido regulinchi.
Presupuestos reales, pequeños caprichos, errores, improvisaciones, gastronomía, naturaleza, animales, cultura y todas esas pequeñas cosas que hacen que un viaje termine siendo mucho más que una lista de lugares visitados.
No quiero hablar de un sitio si no lo conozco. No quiero recomendar algo porque esté de moda.
Y mucho menos quiero disfrazar de experiencia personal una publicidad. Si algo no me gusta, también quiero poder decirlo.
Porque creo que viajar también consiste en mirar con curiosidad, pero con espíritu crítico.

¿Y por qué existe este blog?
Al principio, para no olvidar.
Con el tiempo me di cuenta de que escribir mis viajes también podía servirle a alguien que estuviera pensando en hacer uno de ellos.
Hoy Viajar es una trampa es un proyecto al que dedico mi tiempo libre, con mucho cariño y sin la obligación de publicar por publicar.
No quiero crear contenido porque haya que alimentar un algoritmo.
Quiero contar cosas cuando tenga algo que contar.
Y si algún día este pequeño rincón crece hasta convertirse en algo más grande, estupendo.
Pero no quiero perder por el camino la razón por la que empezó.
Porque viajar fue una trampa.
Empecé pensando que iba a conocer lugares.
Y terminé descubriendo que también iba a cambiar mi manera de mirar el mundo.
Soy Mia.
Y este es mi intento de contarte lo que encuentro al otro lado, ¿vienes?

